Del agua con jabón no puede salir nada. El detergente pretende acabar con todos los indicios de vida, pretende protegernos de cualquier organismo que sea tan pequeño que se pierda entre la blanco de la vajilla.
Una tarja llena de jabón y otra de agua limpia:
Dejas que los platos se hundan en el agua enjabonada.
Que todo muera. Que se mueran los bichos, que se muera lo suave de las manos, que se mueran los feos que están en la cocina.
Me gusta imaginar que hay miles de bocas en mis manos. Pequeñas bocas que tranquilizan mi sed con el agua enjabonada. Que me mata un poquito. Sólo un poquito, se muere la parte de querer ser alguien.
Soy nadie: el de atrás, el no visto, la fantasía, lo que todos cuentan, lo que se ve en las películas, lo que los demás niegan, el que hace lo que los demás no quieren hacer, el que deja de pensar, el que se muere, el que inhala el detergente. El que huele a maestro limpio, ajax, pinol.
El que nadie quiere ser.
Los platos los tienes que pasar a la tarja llena de agua limpia, quedan esteriles.
Como todos los que nos somos nada a mí me gusta cantar. Pero no como en las películas. Canto mientras el agua limpia los cadáveres de los bichitos ahogados, cuando las mujeres limpian sus dedos grasosos en sus delantales. Canto cuando el olor a orines en los baños llega a mi nariz y después lo escondo con jabón rojo. Canto cuando los demás tienen ganas de salir corriendo pero unos grilletes invisibles los deja pegados a una estufa. Sudamos. Cantamos. Olvidamos por qué cantamos y seguimos cantando.
Hay que agitar los platos en el agua para sacar todo el jabón que les pueda quedar. Dejamos el veneno muy cerca de nosotros, de nuestras comidas. Qué importa, tenemos hambre y no pensamos.
Ya se secaron los platos.
Termina mi turno.
Sólo quiero dormir.
lunes, 2 de junio de 2014
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