lunes, 31 de marzo de 2014
Carta para quien quiera leerla
Carta encontrada en un parque.
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Advertencia: Esto está escrito por alguien enamorado.
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El pasado no puede cambiarse. Todas las veces que he lastimado a alguien quedarán en mi historia. Las cicatrices quedan grabadas en la piel. Forman caminos solitarios que se pierden en el cuerpo. Todo deja una estela.
Yo no puedo cambiar tu pasado. Es más, le doy gracias las sonrisas que no me diste. Todo lo que lloraste. Los momentos de soledad. Tus fiestas. Todo lo que has pasado me hace verte hoy.
No vuelvas si el pasado es un grillete. No voltees. No llores. El pasado siempre será mejor cuando caminas dándole la espalda al presente, al porvenir.
Por un momento mírame a mí. Cuando me sientas cerca. En el momento menos esperado voltea a verme. Mira mis ojos. Siente mi mano en tu nuca. El calor.
Si tu vida gira en torno a lo que fuiste, seré parte de tu vida hasta que desaparezca de ella. Cuando estaré más lejos.
No soy mejor que el pasado, estoy seguro de eso. Pero estoy aquí.
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Esto es para tí.
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martes, 25 de marzo de 2014
Mapa para recorrer un cuerpo
1. Ciudad de México
1. Mi padre me contó que el recuerdo que queda en la mayoría de los turistas al visitar una ciudad extranjera es el olor. Hay algo profundo en el sentido del olfato. Debe de ser algo que está conectado con los sentimientos. Nunca he salido de este país, ni siquiera de esta ciudad. Lo que no me da la experiencia trato de compensarlo con la imaginación. Así, imagino que mientras más te acercas a los polos los aromas van disminuyendo. El frío tapa las narices. Cerca del Ecuador debe pasar los contrario. La mezcla de árboles, animales, calor y gente, debe de envolver los lugares en un rompecabezas olfativo.
Calor.
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19°25′42″N. Coordenadas aproximadas de la Ciudad de México en la Tierra con respecto al Ecuador.
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Mapa de la Ciudad de México.
Casi nueve millones de habitantes.
La lámina más complicada de "¿Dónde está Wally?".
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-Posibilidad de encontrarnos.
-Una en nueve millones.
-Detrás del humo.Yo en mi auto. Voy hacia el sur. 40 km/h.
-Yo espero a que la gente dentro del camión se vuelva una masa a la que me pueda unir. Mi cabeza sale de una ventana, parece víctima de una guillotina.
-Un trailer avanza. Frente a nosotros.
-El chofer del camión toca el claxon.
-Toco el claxon.
-Mi cara en la ventanilla.
-Estoy encabronado.
-Volteas a verme. El humo nos hace vernos fantasmas.
-Avanzo.
-Trato de memorizar tus placas. Me quedo dormido y las olvido.
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2. Odio pasarme cuatro horas al día encerrado en un auto. Un auto no te permite nada más que estar en él, atento a otros automóviles que son, en potencia, un obstáculo más. Me gusta el olor permanente a cigarrillo en las paredes. Me tranquiliza. Más que la música, más que los espectáculos callejeros en los cruceros, el olor a cigarrillo es lo que retengo de mis viajes diarios. Más que los rostros de otros conductores. El cigarrillo. Los veo y no... No me producen nada. No creo en el prójimo. No creo en el amor a primera vista. El cristal de la ventana es un escudo natural. Estoy seguro. Creo que sólo por eso, verlo... O más bien... Verme reflejado en sus ojos certeros, como me vería en un mapa, me hizo olvidar por un segundo meter primera. Avanzar.
En una ciudad de casi nueve millones de habitantes, ¿cuál es la probabilidad de quedarte estampado en la cabeza de alguien?
Verde.
Un claxon.
Mecánicamente meto primera. Avanzo. Me alejó de él.
Cont.
1. Mi padre me contó que el recuerdo que queda en la mayoría de los turistas al visitar una ciudad extranjera es el olor. Hay algo profundo en el sentido del olfato. Debe de ser algo que está conectado con los sentimientos. Nunca he salido de este país, ni siquiera de esta ciudad. Lo que no me da la experiencia trato de compensarlo con la imaginación. Así, imagino que mientras más te acercas a los polos los aromas van disminuyendo. El frío tapa las narices. Cerca del Ecuador debe pasar los contrario. La mezcla de árboles, animales, calor y gente, debe de envolver los lugares en un rompecabezas olfativo.
Calor.
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19°25′42″N. Coordenadas aproximadas de la Ciudad de México en la Tierra con respecto al Ecuador.
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Mapa de la Ciudad de México.
Casi nueve millones de habitantes.
La lámina más complicada de "¿Dónde está Wally?".
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-Posibilidad de encontrarnos.
-Una en nueve millones.
-Detrás del humo.Yo en mi auto. Voy hacia el sur. 40 km/h.
-Yo espero a que la gente dentro del camión se vuelva una masa a la que me pueda unir. Mi cabeza sale de una ventana, parece víctima de una guillotina.
-Un trailer avanza. Frente a nosotros.
-El chofer del camión toca el claxon.
-Toco el claxon.
-Mi cara en la ventanilla.
-Estoy encabronado.
-Volteas a verme. El humo nos hace vernos fantasmas.
-Avanzo.
-Trato de memorizar tus placas. Me quedo dormido y las olvido.
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2. Odio pasarme cuatro horas al día encerrado en un auto. Un auto no te permite nada más que estar en él, atento a otros automóviles que son, en potencia, un obstáculo más. Me gusta el olor permanente a cigarrillo en las paredes. Me tranquiliza. Más que la música, más que los espectáculos callejeros en los cruceros, el olor a cigarrillo es lo que retengo de mis viajes diarios. Más que los rostros de otros conductores. El cigarrillo. Los veo y no... No me producen nada. No creo en el prójimo. No creo en el amor a primera vista. El cristal de la ventana es un escudo natural. Estoy seguro. Creo que sólo por eso, verlo... O más bien... Verme reflejado en sus ojos certeros, como me vería en un mapa, me hizo olvidar por un segundo meter primera. Avanzar.
En una ciudad de casi nueve millones de habitantes, ¿cuál es la probabilidad de quedarte estampado en la cabeza de alguien?
Verde.
Un claxon.
Mecánicamente meto primera. Avanzo. Me alejó de él.
Cont.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Mapa para recorrer un cuerpo
1
Razones para trazarlo
- Abrió la ventana, se sentó en la orilla y saltó. Así. Nada más. Saltó al vacío. Cayó en una cama de bugambilias secas que nadie se había molestado en barrer el día anterior. Si lo hubieran visto desde el cielo, con la luz adecuada, con una inclinación específica del Sol, hubiera parecido que de su cuerpo brotaba sangre rosa. El impacto dejó grabado en sus músculos pruebas de tensión. Sus dedos aferrados a un marco invisible. La mirada buscando a alguien. La nariz hinchada para dejar entrar la mayor cantidad de aire. Suspiró. Antes de que la gente se acercara, él ya estaba de pie, desnudo. Algunos pétalos prendidos a sus muslos. No era la primera vez.
----------------------------
Cuando veas esto sabrás que lo hago pensando en ti.
----------------------------
Uso tu piel como un lienzo. Cierras los ojos y con mi mano trazo en tinta invisible todas las palabras que nunca te podría decir. Ahí está escrita nuestra historia.
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La única razón para comenzar esto es porque sé que en algún momento voltearás hacia el camino que has recorrido y verás otra huella junto a los pasos que has dejado. No quiero que me olvides como parte de tu historia.
Cont.
Razones para trazarlo
- Abrió la ventana, se sentó en la orilla y saltó. Así. Nada más. Saltó al vacío. Cayó en una cama de bugambilias secas que nadie se había molestado en barrer el día anterior. Si lo hubieran visto desde el cielo, con la luz adecuada, con una inclinación específica del Sol, hubiera parecido que de su cuerpo brotaba sangre rosa. El impacto dejó grabado en sus músculos pruebas de tensión. Sus dedos aferrados a un marco invisible. La mirada buscando a alguien. La nariz hinchada para dejar entrar la mayor cantidad de aire. Suspiró. Antes de que la gente se acercara, él ya estaba de pie, desnudo. Algunos pétalos prendidos a sus muslos. No era la primera vez.
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Cuando veas esto sabrás que lo hago pensando en ti.
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Uso tu piel como un lienzo. Cierras los ojos y con mi mano trazo en tinta invisible todas las palabras que nunca te podría decir. Ahí está escrita nuestra historia.
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La única razón para comenzar esto es porque sé que en algún momento voltearás hacia el camino que has recorrido y verás otra huella junto a los pasos que has dejado. No quiero que me olvides como parte de tu historia.
Cont.
lunes, 3 de marzo de 2014
Experimento o razones para... No sé.
Todo está cubierto de papel café. Botes de pintura blanca. Quizá una piscina de plástico. Preparan el baño.
Un día decidí que te iba a sonreír.
A ti.
No.
No te conocía.
Y lo hice.
Pelea sobre pintura blanca.
¿Ves está cicatriz?
Vamos.
Toca.
No volveré a caminar por ese camino.
Más pintura.
Ésta parece estrella.
Adiós.
Jajajaja
Vuela.
El café de mis ojos.
Tierra en mis ojos.
Adiós.
El cabello está lleno de ideas.
Cangrejos.
Adiós.
HuHuHu.
Vamos.
HuHuHu.
El miedo.
Blanco.
Adiós.
Hoy sueño en blanco.
Pinceles.
Ojos.
Acuarela.
Más que pelea es una danza.
Adiós.
Rojo.
Azul.
Amarillo.
Rosa invisible.
Gris.
Hoy, mañana, ayer.
No.
Los pasos sobre el papel dejan huellas blancas.
Un día decidí que te iba a sonreír.
A ti.
No.
No te conocía.
Y lo hice.
Pelea sobre pintura blanca.
¿Ves está cicatriz?
Vamos.
Toca.
No volveré a caminar por ese camino.
Más pintura.
Ésta parece estrella.
Adiós.
Jajajaja
Vuela.
El café de mis ojos.
Tierra en mis ojos.
Adiós.
El cabello está lleno de ideas.
Cangrejos.
Adiós.
HuHuHu.
Vamos.
HuHuHu.
El miedo.
Blanco.
Adiós.
Hoy sueño en blanco.
Pinceles.
Ojos.
Acuarela.
Más que pelea es una danza.
Adiós.
Rojo.
Azul.
Amarillo.
Rosa invisible.
Gris.
Hoy, mañana, ayer.
No.
Los pasos sobre el papel dejan huellas blancas.
domingo, 2 de marzo de 2014
Razones para nunca salir conmigo
Pienso en tu casa. La mía no porque en ella no encuentro silencio. Mi madre le habla a los perros como niños pequeños. Como cuando me hablaba a mí cuando era pequeño. Mi abuela habla de la soledad. Por teléfono. Nunca en persona. De la nariz de mi hermano emana un sonido que se intercala con el sonido del teclado al escibir esto. Duerme. Mi casa no puede ser. Por eso tiene que ser la tuya.
Entra el otro hombre cargando una mesa y sillas. Tiene que cargar la mesa y las sillas al mismo tiempo. No puede perder el tiempo transportandolas. Todo tiene que ser rápido. Preciso.
Un perro ladra. La mesa toma su posición. Las dos sillas se anteponen una frente a otra. La mesa es un ring. Una pelea.
El hombre de la mesa. Bello. Se sienta. mira hacia el frente. No ve al otro. Ve más allá de él. Ve el futuro.
Un perro ladra.
La única razón por la que nunca he decidido temrinar con mi vida en una forma cualquiera es por culpa del sol. Ver la ciudad por la mañanan me hace pensar en lo poco necesario que soy para el mundo. A mis momentos tristes llega un rayo tibio de luz que me hace ver que la vida sigue.
Ese es el problema.
La existencia como movimiento sin final.
En el momento en que yo sea todo para alguien me quitaré la vida. Cuando tenga un sentido hacerlo.
O, en el momento en que mi tristeza comience de noche y el tiempo se alargue en una oscuridad aplastante.
Lo que llegue primero.
El hombre de la mesa grita.
No puede ser en mi casa. Hay una fiesta de cumpleaños.
El hombre de la mesa sale.
Hay globos, una piscina de plástico llena de sudor y orines. Hay mujeres que ríen para olvidar que su vida se encuadra entre dos altas paredes de concreto. Hombres que permanecen callados ante la imposibilidad de poder amar a sus mujeres. Ese es mi mundo. ¿Y tú?
Hasta ese momento se da cuenta de que el hombre de la mesa salió.
Cae un globo rosa. Se prende una vela.
Estas son las mañanitas. Que cantaba...
No puedo.
Entra el hombre de la mesa con un pastel de cumpleaños. Canta.
Gracias. De alguna manera te acordaste. Recordaste que mi pastel favorito es de vainilla.
El pastel es de chocolate.
Recordaste que tengo veintitrés años.
Hay treintaysiete velas.
Recordaste quién soy.
Agarra el pastel y comienza a comer.
La primera vez que te vi besar a alguien que no fuera yo me sentí en una película. Todo tenía esa falsedad cinemtográfica.
Película vieja. Se veían los errores de la proyección. Algún cuadro quemado.
Tres cuerpos encuadrados.
La imposibilidad de no ser el centro de tu placer. Como esas películas que son una bofetada en la cara. Ganas de salir corriendo a pedir el reembolso de tu boleto. Y aún así no puedes dejar de mirar. Morbo. Luces rojizas iluminando tres cuerpos. Beso de tres. Tres vergas. Y en mi cabeza repasando mi vida. Mi vida debería ser más interesante que este momento.
No.
Ni siquiera mis veintitres años de vida son suficientes para hacerme sentir bien. Sólo sirvieron para hacerme perder la erección que nunca alcanzó a concretarse.
El pastel debería ser un desasrte en este punto. Tal vez estar esparcido por toda la mesa. Tal vez en la cara del hombre idiota. El hombre de la mesa canta canciones cada vez más felices.
Dicen que repasas tu vida antes de morir. Nunca he tenido el coraje para comprobarlo. Mi vida pasó en mi cabeza en el momento en que vi a la persona que amo besando a algiuen más. Desnudo. Desnudo yo. Desnudo él. Desnudo el cuarto. Una ventana sin cortinas. Y la luz blanca de la calle.
Es delicioso. Amo la vainilla.
Mi cuerpo deja de ser mío. El tuyo deja de ser parte del mío. El cuerpo que nunca fue mío nunca tiene la intención de ser mío. Me maquinizo. Me vuelvo de piedra. Y no sé que hacer. Lienzo en blanco, desnudo.
De verdad, amo la vainilla.
Mi vida pasa, La repaso dos, tres veces. Cada vez es más larga, con nuevos detalles. Los veinte años ahora parecen cincuenta. ¿He vivido tanto?
Te digo que amo la vainilla.
Un espacio prohibido que pide velocidad. Una película rápida. Larga. Me pierdo de todos los detalles y solo sé que pasó algo pero no sé bien qué.
Gracias por acordarte.
El hombre de la mesa calla. El otro se sienta en la silla frente a él. Uno mira hacia adelante, otro hacia atrás. No es fácil saber quién mira hacia qué lado. Jano y sus dos rostros.
Comienzan a limpiar la mesa. Cantan o suena la canción "The man I love". Cuando han terminado vuelven a sentarse. Ahora se miran. Cara a cara. Termina la canción, se escuchan aplausos grabados. Voltean al público. No saben como terminar. No sé cómo terminar. Uno toma la mano del otro, tal vez, uno se quede y otro se vaya. Tal vez termina con un beso. Tal vez terminan llorando. No sé.
Un perro ladra.
Entra el otro hombre cargando una mesa y sillas. Tiene que cargar la mesa y las sillas al mismo tiempo. No puede perder el tiempo transportandolas. Todo tiene que ser rápido. Preciso.
Un perro ladra. La mesa toma su posición. Las dos sillas se anteponen una frente a otra. La mesa es un ring. Una pelea.
El hombre de la mesa. Bello. Se sienta. mira hacia el frente. No ve al otro. Ve más allá de él. Ve el futuro.
Un perro ladra.
La única razón por la que nunca he decidido temrinar con mi vida en una forma cualquiera es por culpa del sol. Ver la ciudad por la mañanan me hace pensar en lo poco necesario que soy para el mundo. A mis momentos tristes llega un rayo tibio de luz que me hace ver que la vida sigue.
Ese es el problema.
La existencia como movimiento sin final.
En el momento en que yo sea todo para alguien me quitaré la vida. Cuando tenga un sentido hacerlo.
O, en el momento en que mi tristeza comience de noche y el tiempo se alargue en una oscuridad aplastante.
Lo que llegue primero.
El hombre de la mesa grita.
No puede ser en mi casa. Hay una fiesta de cumpleaños.
El hombre de la mesa sale.
Hay globos, una piscina de plástico llena de sudor y orines. Hay mujeres que ríen para olvidar que su vida se encuadra entre dos altas paredes de concreto. Hombres que permanecen callados ante la imposibilidad de poder amar a sus mujeres. Ese es mi mundo. ¿Y tú?
Hasta ese momento se da cuenta de que el hombre de la mesa salió.
Cae un globo rosa. Se prende una vela.
Estas son las mañanitas. Que cantaba...
No puedo.
Entra el hombre de la mesa con un pastel de cumpleaños. Canta.
Gracias. De alguna manera te acordaste. Recordaste que mi pastel favorito es de vainilla.
El pastel es de chocolate.
Recordaste que tengo veintitrés años.
Hay treintaysiete velas.
Recordaste quién soy.
Agarra el pastel y comienza a comer.
La primera vez que te vi besar a alguien que no fuera yo me sentí en una película. Todo tenía esa falsedad cinemtográfica.
Película vieja. Se veían los errores de la proyección. Algún cuadro quemado.
Tres cuerpos encuadrados.
La imposibilidad de no ser el centro de tu placer. Como esas películas que son una bofetada en la cara. Ganas de salir corriendo a pedir el reembolso de tu boleto. Y aún así no puedes dejar de mirar. Morbo. Luces rojizas iluminando tres cuerpos. Beso de tres. Tres vergas. Y en mi cabeza repasando mi vida. Mi vida debería ser más interesante que este momento.
No.
Ni siquiera mis veintitres años de vida son suficientes para hacerme sentir bien. Sólo sirvieron para hacerme perder la erección que nunca alcanzó a concretarse.
El pastel debería ser un desasrte en este punto. Tal vez estar esparcido por toda la mesa. Tal vez en la cara del hombre idiota. El hombre de la mesa canta canciones cada vez más felices.
Dicen que repasas tu vida antes de morir. Nunca he tenido el coraje para comprobarlo. Mi vida pasó en mi cabeza en el momento en que vi a la persona que amo besando a algiuen más. Desnudo. Desnudo yo. Desnudo él. Desnudo el cuarto. Una ventana sin cortinas. Y la luz blanca de la calle.
Es delicioso. Amo la vainilla.
Mi cuerpo deja de ser mío. El tuyo deja de ser parte del mío. El cuerpo que nunca fue mío nunca tiene la intención de ser mío. Me maquinizo. Me vuelvo de piedra. Y no sé que hacer. Lienzo en blanco, desnudo.
De verdad, amo la vainilla.
Mi vida pasa, La repaso dos, tres veces. Cada vez es más larga, con nuevos detalles. Los veinte años ahora parecen cincuenta. ¿He vivido tanto?
Te digo que amo la vainilla.
Un espacio prohibido que pide velocidad. Una película rápida. Larga. Me pierdo de todos los detalles y solo sé que pasó algo pero no sé bien qué.
Gracias por acordarte.
El hombre de la mesa calla. El otro se sienta en la silla frente a él. Uno mira hacia adelante, otro hacia atrás. No es fácil saber quién mira hacia qué lado. Jano y sus dos rostros.
Comienzan a limpiar la mesa. Cantan o suena la canción "The man I love". Cuando han terminado vuelven a sentarse. Ahora se miran. Cara a cara. Termina la canción, se escuchan aplausos grabados. Voltean al público. No saben como terminar. No sé cómo terminar. Uno toma la mano del otro, tal vez, uno se quede y otro se vaya. Tal vez termina con un beso. Tal vez terminan llorando. No sé.
Un perro ladra.
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