domingo, 2 de marzo de 2014

Razones para nunca salir conmigo

Pienso en tu casa. La mía no porque en ella no encuentro silencio. Mi madre le habla a los perros como niños pequeños. Como cuando me hablaba a mí cuando era pequeño. Mi abuela habla de la soledad. Por teléfono. Nunca en persona. De la nariz de mi hermano emana un sonido que se intercala con el sonido del teclado al escibir esto. Duerme. Mi casa no puede ser. Por eso tiene que ser la tuya.

Entra el otro hombre cargando una mesa y sillas. Tiene que cargar la mesa y las sillas al mismo tiempo. No puede perder el tiempo transportandolas. Todo tiene que ser rápido. Preciso.

Un perro ladra. La mesa toma su posición. Las dos sillas se anteponen una frente a otra. La mesa es un ring. Una pelea.

El hombre de la mesa. Bello. Se sienta. mira hacia el frente. No ve al otro. Ve más allá de él. Ve el futuro. 

Un perro ladra. 

La única razón por la que nunca he decidido temrinar con mi vida en una forma cualquiera es por culpa del sol. Ver la ciudad por la mañanan me hace pensar en lo poco necesario que soy para el mundo. A mis momentos tristes llega un rayo tibio de luz que me hace ver que la vida sigue.

Ese es el problema.

La existencia como movimiento sin final.

En el momento en que yo sea todo para alguien me quitaré la vida. Cuando tenga un sentido hacerlo.

O, en el momento en que mi tristeza comience de noche y el tiempo se alargue en una oscuridad aplastante.

Lo que llegue primero.

El hombre de la mesa grita. 

No puede ser en mi casa. Hay una fiesta de cumpleaños.

El hombre de la mesa sale.

Hay globos, una piscina de plástico llena de sudor y orines. Hay mujeres que ríen para olvidar que su vida se encuadra entre dos altas paredes de concreto. Hombres que permanecen callados ante la imposibilidad de poder amar a sus mujeres. Ese es mi mundo. ¿Y tú?

Hasta ese momento se da cuenta de que el hombre de la mesa salió.

Cae un globo rosa. Se prende una vela. 

Estas son las mañanitas. Que cantaba...

No puedo.

Entra el hombre de la mesa con un pastel de cumpleaños. Canta. 

Gracias. De alguna manera te acordaste. Recordaste que mi pastel favorito es de vainilla.

El pastel es de chocolate.

Recordaste que tengo veintitrés años.

Hay treintaysiete velas.

Recordaste quién soy.

Agarra el pastel y comienza a comer.

La primera vez que te vi besar a alguien que no fuera yo me sentí en una película. Todo tenía esa falsedad cinemtográfica.

Película vieja. Se veían los errores de la proyección. Algún cuadro quemado.

Tres cuerpos encuadrados.

La imposibilidad de no ser el centro de tu placer. Como esas películas que son una bofetada en la cara. Ganas de salir corriendo a pedir el reembolso de tu boleto. Y aún así no puedes dejar de mirar. Morbo. Luces rojizas iluminando tres cuerpos. Beso de tres. Tres vergas. Y en mi cabeza repasando mi vida. Mi vida debería ser más interesante que este momento.

No.

Ni siquiera mis veintitres años de vida son suficientes para hacerme sentir bien. Sólo sirvieron para hacerme perder la erección que nunca alcanzó a concretarse.

El pastel debería ser un desasrte en este punto. Tal vez estar esparcido por toda la mesa. Tal vez en la cara del hombre idiota. El hombre de la mesa canta canciones cada vez más felices.

 Dicen que repasas tu vida antes de morir. Nunca he tenido el coraje para comprobarlo. Mi vida pasó en mi cabeza en el momento en que vi a la persona que amo besando a algiuen más. Desnudo. Desnudo yo. Desnudo él. Desnudo el cuarto. Una ventana sin cortinas. Y la luz blanca de la calle.

Es delicioso. Amo la vainilla.

Mi cuerpo deja de ser mío. El tuyo deja de ser parte del mío. El cuerpo que nunca fue mío nunca tiene la intención de ser mío. Me maquinizo. Me vuelvo de piedra. Y no sé que hacer. Lienzo en blanco, desnudo.

De verdad, amo la vainilla.

Mi vida pasa, La repaso dos, tres veces. Cada vez es más larga, con nuevos detalles. Los veinte años ahora parecen cincuenta. ¿He vivido tanto?

Te digo que amo la vainilla.

Un espacio prohibido que pide velocidad. Una película rápida. Larga. Me pierdo de todos los detalles y solo sé que pasó algo pero no sé bien qué.

Gracias por acordarte.

El hombre de la mesa calla. El otro se sienta en la silla frente a él. Uno mira hacia adelante, otro hacia atrás. No es fácil saber quién mira hacia qué lado. Jano y sus dos rostros. 

Comienzan a limpiar la mesa. Cantan o suena la canción "The man I love". Cuando han terminado vuelven a sentarse.  Ahora se miran. Cara a cara. Termina la canción, se escuchan aplausos grabados. Voltean al público. No saben como terminar. No sé cómo terminar. Uno toma la mano del otro, tal vez, uno se quede y otro se vaya. Tal vez termina con un beso. Tal vez terminan llorando. No sé. 

Un perro ladra. 

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